Renueva tu hogar ganando luz, confort y eficiencia

Entre el salitre del Atlántico y el rumor del tráfico que sube desde el puerto, la instalación de ventanas Vilagarcía ha pasado de ser un capricho a una decisión sensata que muchos vecinos están tomando sin esperar a que caiga otra factura de la luz para recordárselo. Basta entrar en un piso orientado al oeste, donde el sol de tarde juega al escondite entre nubes y galerías, para notar la diferencia: las carpinterías modernas recortan el murmullo de la calle, sostienen una temperatura estable y, de paso, regalan una claridad que hace justicia a esas paredes que pedían a gritos jubilar la persiana de tambor y el vidrio simple que venía de serie con el edificio.

Lo interesante, y aquí asoma la parte menos romántica pero más reveladora, es que los números acompañan. Técnicos consultados apuntan a reducciones de entre el 15% y el 30% en la demanda energética anual cuando se sustituyen viejas ventanas por modelos con rotura de puente térmico y acristalamiento bajo emisivo con cámara de gas argón. Traducido a la escala doméstica, significa menos horas de radiador en invierno, menos tirones de aire frío por la junta del marco y ese pequeño lujo de pisar el salón descalzo sin que el suelo parezca una losa de hielo. La física se alía con el sentido común: un buen vidrio retiene el calor cuando conviene, controla la entrada solar en los días de bochorno y corta el ruido con más eficacia que un discurso de sobremesa.

No se trata solo de eficiencia. La luz, ese bien tan gallego cuando se mete hasta la cocina y tan huidizo cuando el cielo se pone gris, merece un capítulo aparte. Las nuevas carpinterías de hoja oculta y perfiles esbeltos aumentan la superficie de acristalamiento sin agrandar el hueco; de repente, la misma ventana deja pasar más claridad porque los marcos son más finos y los vidrios, más transparentes. Un comerciante de la zona lo resumía con retranca: “Los selfies salen mejor y las plantas dejan de vivir como si fueran de interior”. No es una frivolidad. La iluminación natural ayuda a trabajar mejor, a leer sin forzar la vista y a mejorar el estado de ánimo. Si a eso se le suma un vidrio con control solar bien elegido para la orientación del piso, el resplandor se vuelve aliado y no enemigo.

En Vilagarcía, además, el mar enseña los dientes de otra manera: salitre que muerde herrajes, cierres que chirrían, aluminio que se pica si no es el adecuado. Ahí la elección de materiales no es un detalle, es la diferencia entre una inversión que aguanta una década y otra que llega justa a su quinto cumpleaños. PVC de calidad con refuerzos internos, aluminio con tratamiento marino y herrajes de acero inoxidable A2 o A4 son nombres propios de una durabilidad que se agradece cuando sopla el nordés. Los instaladores con oficio recomiendan cierres perimetrales y juntas continuas que aseguren estanqueidad; el humor viene después, cuando llega una borrasca y la vivienda sigue en calma como si el parte meteorológico fuera para otro código postal.

El ruido, por cierto, tiene su ciencia y su antídoto. Quien vive en primera línea del bullicio sabe que una diferencia de unos pocos decibelios separa la siesta del imposible. El secreto está en combinar espesores de vidrio distintos —ese 4/6/4 que recitábamos de memoria se queda corto al lado de un 6/16/4 con butiral acústico— y en cuidar la instalación para que no haya rendijas por donde se cuele la banda sonora de la calle. Tampoco faltan invenciones útiles como la microventilación, que permite renovar el aire sin abrir de par en par y sin que el gato encuentre una vía libre para sus excursiones nocturnas. Y ya que hablamos de fauna urbana, nueva ventana también significa negociar en mejores condiciones con las gaviotas madrugadoras, que a veces parecen periodistas del breaking news con demasiadas ganas de contarlo todo a las seis de la mañana.

La obra en sí, ese momento que muchos temen por los escombros y el polvo, ha cambiado bastante. Hoy se trabaja con premarcos, cintas expansivas y sellados elásticos que respetan la fachada y evitan puentes térmicos. La intervención es más limpia, más rápida y, sobre todo, más precisa. Un buen profesional medirá tres veces antes de traer la ventana, retirará la antigua sin hacer un estropicio y dejará el cajón de persiana —punto débil tradicional— bien aislado para que no sea un coladero de aire. Lo que no se ve, que suele ser donde se cuecen las pérdidas de calor y los ruidos con patas, marca la diferencia entre una reforma aparente y una mejora real.

También hay letra pequeña amable en forma de ayudas. Programas autonómicos y estatales, que conviene revisar cada temporada, incentivan actuaciones que reduzcan la demanda energética de la vivienda. No es mala idea preguntar por certificados, valores Uw del conjunto y factor solar g de los vidrios; no para presumir en reuniones, sino porque esos números determinan si la actuación cumplirá los requisitos para optar a subvenciones y deducciones. Entre papeles y facturas, la inversión se vuelve más llevadera y, con un poco de paciencia, el retorno se deja ver en el contador y en el confort diario.

Y está, por último, la parte estética que ningún informe técnico sabe medir del todo. Hay viviendas que rejuvenecen al cambiar un perfil marrón por un blanco sobrio, o al pasar de un sistema corredero cansado a una practicable oscilobatiente que cierra con un gesto rotundo. Las texturas imitación madera salvan el encanto de una casa antigua sin exigirle heroísmos de mantenimiento, y las persianas motorizadas hacen que subir y bajar deje de ser gimnasia involuntaria. Lo curioso es que, cuando todo encaja, nadie se fija ya en la ventana como algo aislado: la casa se percibe más abierta, más suya, más preparada para el clima y los días que vendrán, esos que merecen contarse con buena luz y sin corrientes de por medio.


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